La política es un espacio más de la comedia humana y es ridículo escandalizarse por sus miserias en términos de ambiciones personales. Pero todo tiene un límite. Y lo que se hace difícil de entender es cuando la pugna entre socios llega a un nivel suicida. Que es lo que está pasando ahora mismo: están tirando la casa por la ventana. Y parece que alguien esté buscando –por resentimiento o por impotencia– unas nuevas elecciones que podrían ser el final de la escapada. ¿No hay nadie con autoridad para decir las cosas por su nombre y evitar hipotecar el futuro a la melancolía? ¿Nos tenemos que negar la verdad en nombre de la gran promesa?